Hoy hace una semana del doble terremoto y llevo días queriendo escribir, triste, dolida, conmovida, con la misma mezcla de emociones y sentimientos difíciles de procesar, que compartimos miles de venezolanos.
No transmitiré novedades, sino lo mismo que quizá todos han leído, pero desde mi corazón, desde mis ojos, como lo percibo, como lo siento, como lo sé expresar…
Yo estoy bien. Mi familia está bien, con daños
importantes en sus viviendas, pero están bien. Mis vecinos están bien. Pero
miles de venezolanos están mal. Mi país está mal, agrietado, fracturado,
dolido, sufriente, sangrante, viviendo una tragedia a la que se suman
injusticias de larga data, que no dejan de repetirse, ni siquiera en medio de
los recientes y violentos embates de la naturaleza… De hecho, creo que se han
exacerbado, haciendo caso omiso del dolor, poniendo en primer lugar, los intereses
personales de los mismos personajes que vienen cometiendo esas injusticias.
Según los reportes sísmicos publicados en estos
días, este terremoto es considerado como el movimiento sísmico de mayor
intensidad registrado instrumentalmente en Venezuela en el siglo XXI.
Venezuela, tierra de gracia, tembló fuerte y con
ella, temblaron miles de almas regadas por el mundo entero, venezolanos o no.
Tembló, sacudiendo un montón de corazones que, sin pensarlo, priorizaron el
dolor del otro, poniendo de manifiesto, una vez más, la humanidad empática y
compasiva que se siente con el hermano que sufre. Y me refiero a cualquier
venezolano o no, dentro y fuera del país que, en este momento, ayuda al que
vive en Venezuela, por haber sufrido a causa del sismo.
El dolor, la rabia y la impotencia pueden
nublar, cegar y hasta borrar el amor incondicional con el que fuimos creados
por Dios… Creo que es perfectamente, humano y natural.
Pero esa niebla, entre altibajos de emociones
feas y bonitas, dolorosas y alegres, nos conduce por el camino de la reflexión,
transformándola en amor puro y bueno, que es el motor que mueve al mundo… Y
casi sin darnos cuenta, el inmenso amor va nublando la rabia.
Y a través de esos sentimientos malucos pero
naturales, a medida que se van nublando por el amor, vamos haciendo un esfuerzo
sobrehumano por NO preguntarnos ¿por qué pasan cosas como estas? ¿por qué yo?
¿por qué a mí? ¿por qué a él? ¿por qué a ella? ¿por qué a nosotros? ¿por qué a
Venezuela?
Y vamos aprendiendo en cambio, a preguntarnos
¿para qué? Pero sin obsesionarnos con encontrar una respuesta de manual, una
explicación perfecta, una razón exacta y precisa… Y por momentos, logramos
liberarnos del resentimiento, del rencor, del odio, con la madurez de quien no
culpa al otro, al universo, a la suerte, a Dios… solo con una mirada pura,
limpia, que quiere encontrar en Dios, todas las respuestas… Y según la ternura
de esa mirada que busca a Dios… más que respuestas, hallaremos milagros…
pequeños, medianos y grandes…
En medio de una tragedia de tal magnitud como
la que hemos vivido los venezolanos, el drama de la muerte tan cerca, cruda y
palpable… y la terrible e inhumana falta de dignidad con la que están siendo tratados
los cadáveres, que yacen en las calles, en filas interminables, algunos
descubiertos y hasta desnudos… el olor que ya se percibe fuerte, el peligro
inminente de una epidemia, unido a la absurda e incomprensible negativa y
entorpecimiento de las autoridades a agilizar las labores de rescate, el dolor
profundo de quienes han perdido familiares, de quienes no los han encontrado,
de quienes no han podido llegar a tiempo para verlos antes de morir… Todo, me lleva a pensar y a repensar
en la diversidad de sentimientos y emociones que alberga cada corazón… Diversidad
que, con certeza, solo Dios conoce, porque en el corazón del hombre, solo Él
puede ver. Aunque por fortuna, las acciones de esos corazones, buenas o malas, se
notan sin necesidad de palabras…
En situaciones como esta, se ponen de
manifiesto, tanto lo mejor como lo peor del ser humano. Sin obviar lo segundo,
que es terrible, y causa heridas profundas y sangrantes en el alma de cualquier
persona, medianamente humana y sensible, generando una ira y una impotencia tan
feas como naturales… hoy, una vez más, me nace escribir, haciendo énfasis en lo
primero.
Y que conste… no pretendo hacer caso omiso de
la miseria humana y de la injusticia, solo intento resaltar con amarillo, la
belleza que aún queda y la que emerge de los escombros, otorgándole el sublime
y milagroso protagonismo que tiene y merece.
Después de oír y leer a medio mundo preguntar ¿dónde
está Dios? Y preguntármelo a mi misma, muchísimas veces… puedo afirmar que he
podido verlo. Lo veo, lo he visto, lo vi…
Lo veo en cada rescate, en cada testimonio, en
cada gesto solidario, en cada acción compasiva, en los gobernantes de
diferentes países que reaccionaron de inmediato a atender las necesidades de un
pueblo hermano que sufre, con insumos, con personal capacitado, lo veo en los
rescatistas voluntarios que exponen su vida para salvar otras.
Lo he visto en cadenas de farmacias, las veces
que he querido comprar para donar y he encontrado vacíos los estantes de
pañales e insumos de primeros auxilios, porque ya han sido adquiridos con la
misma intención…
Lo veo en quienes acudieron y lo siguen
haciendo, a las zonas más afectadas, para intentar extraer debajo de los escombros,
sin experiencia alguna en estos menesteres, sin guantes, sin tapabocas, sin
cuerdas, sin palas, sin bolsas negras, sin el material requerido, el mayor
número posible de personas vivas o muertas… Lo veo en la alegría cuando los
recatados están vivos y la tristeza cuando están muertos.
Lo vi en el rescate de Camila Sofía Medina, adolescente de 15 años, que permanecía atrapada junto a su mascota entre los restos de un edificio colapsado. Dios estaba en esa sonrisa.
Lo vi en el bebé, que es rescatado junto a su
perro… lo que dejó sin palabras al equipo de rescatistas, porque el perro se
resistía a alejarse del bebé hasta asegurarse de que también sería rescatado.
Primero lograron a sacar al perro… Instantes después, el pequeño fue extraído
con vida, entre aplausos y lágrimas de quienes presenciaron el momento.
Lo vi en el niño que al ser rescatado pidió una
chupeta… En esa ternura estaba Dios.
Lo vi en la conexión entre un perrito y un recatista estadounidense...
Lo vi en la sonrisa de Jossue, bebé rescatado…
Lo vi en Carlos Miguel, el niño de 12 años que
sobrevivió más de 122 horas atrapado bajo los escombros en Macuto, seis días
después del terremoto.
Lo vi en Fabiana, la niña de sonrisa preciosa,
durante su rescate.
Lo vi en el señor que rescató fallecidos a su
hijo y dos nietos… y continuó trabajando en las labores de rescate para
intentar salvar otras vidas… Ahí, sin duda, lo vi.
Lo vi en Marle Santa, señora de 69 años, que pidió una coca cola al
ser rescatada.
Lo vi en la dulzura con la que un rescatista le
hablaba a una niña bajo los escombros.
Lo vi en Antonio y en muchos otros, rescatados
después de varios días bajo los escombros, cuando las probabilidades de vida
eran nulas.
También lo vi en la furia del rescatista con
los militares ante la injusticia de ver más fusiles que palas… y en la mujer
que se quejaba de quienes querían sacar carros, en vez de personas…
Lo vi en el hombre rescatado, con un parecido
sorprendente con Jesús, que detonó cientos de comentarios que revelan la fe del
venezolano.
Lo vi en Mateo, el niño de 7 años, que contó
que toda la estructura de concreto cayó sobre él y pensó que no sobreviviría.
En medio de la oscuridad, alcanzó a ver un pequeño espacio por donde entraba la
luz. Y según cuenta, apareció un hombre cuyo rostro no pudo distinguir. Asegura
que lo levantó, le colocó una venda en la pierna que tenía fracturada y luego
desapareció sin dejar rastro. Mateo cree que aquella persona pudo haber sido
Jesús. Nadie puede confirmarlo, pero su relato aparte de conmover de una manera
entrañable, y aumentar la fe de algunos… invita a pensar, a reflexionar, a
replantearse tanto, tanto…
Lo vi en el rescatista mexicano de 80 años, de
larga trayectoria en labores de rescate, al que le pedían enaltecer,
públicamente, no sé qué cosa del gobierno venezolano. Y él, a su edad, con su
vasta experiencia de vida, muy molesto, manifestando a qué vino a este país, se
negó rotundamente a hacerlo, expresándolo alto y claro, como solo lo puede
hacer quien tiene la conciencia tranquila.
Yo, que no soy amante de los animales, vi a Dios en esos héroes sin capa, de cuatro patas con arnés, que mientras muchos huyen del peligro, ellos avanzan entre el polvo, los escombros y el silencio. Guiados por su instinto y entrenados con dedicación, esos perritos de rescate, trabajan sin descanso junto a sus guías para localizar a personas atrapadas y crear una oportunidad donde se había perdido la esperanza. Cada ladrido puede significar una vida encontrada.
Lo veo en el humor venezolano, que se mantiene
intacto… En las comiquitas que han creado con IA, referentes a algunos
rescates… En los rescatistas que, sacando personas vivas en camillas, cantaban El
burrito sabanero.
¿Dónde está Dios entonces?
Estuvo acompañando la partida de cada uno de
los que ya no están y recibiéndolos en su entrada a la patria definitiva (como
diría mi párroco). Ha estado acompañando a los familiares y a los heridos.
Está en cada persona que reza, que dona, que
entrega, que sirve, que tiene un pequeño gesto de solidaridad, en la compasión,
la empatía, la gratitud y hasta en la rabia inevitable, por la injusticia, que
lejos de paralizar, activa las manos y el corazón en cada gesto noble para
ayudar el desvalido. Y es que hasta la motivación puede cambiar, con la buena
acción.
Lo he visto, lo vi, lo veo…
Como dice nuestra Premio Nóbel de la paz…
estamos frente a una lucha del bien contra el mal, lo cual creo, firmemente. Y
así como veo a Dios y el bien que causa, en todas las buenas acciones que esto
despierta en las personas; de igual forma, veo al maligno y todo el daño que
representa el comportamiento de seres diabólicos, a los que, parece correrle
veneno por las venas, en vez de sangre. No entiendo cómo pueden no sentir un
sano temor de Dios, ese que nos hace querer ser buenos, porque Dios lo merece y
porque queremos vivir un cachito de cielo en la tierra, que nos permita algún
día llegar al cielo.
Lo que me da paz, es creer, sinceramente, que
el BIEN vence al mal, aquí o en la eternidad… Y también creo o a veces solo
intento creer que, LOS BUENOS SOMOS MÁS.
Elevo mis oraciones al cielo, por el alma de
los fallecidos, por quienes perdieron a familiares o amigos, por los heridos,
por los que están vivos bajo los escombros, para que un milagro permita su
rescate a tiempo, y por quienes perdieron sus viviendas o quedaron
estructuralmente afectadas.
Agradezco infinitamente a cada uno de los
héroes anónimos que han arriesgado sus vidas para salvar otras y a cada persona
noble que ha aportado tiempo, dinero y oración a esta causa, que apenas
comienza a estar urgida de ayuda humanitaria.
Tembló la tierra en Venezuela, y sacudió
corazones, brotando lo mejor de una parte importante de la humanidad. En medio
de tantísimo dolor, veo belleza y lo más importante es que, veo a Dios.
Somos frágiles y vulnerables. La vida nos puede
cambiar en un segundo y mañana puede ser tarde para amar, agradecer, dar y
perdonar. La vida es hoy.
María Eugenia Álvarez Brunicardi (Maucha).
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